Hace tiempo que no escribo nada decente en este sitio, lo tengo muy descuidado, y eso que tengo varias cosas que expresar. La pereza, el olvido y la falta de inspiración. Intentaré reanudar el ritmo con un episodio simpático banal de este mes, para coger el ritmo, para luego escribir sobre cosas más importantes.
Era una mañana de diciembre y estabamos pasando unos pedidos que habían llegado a la tienda. Mi padrehabía vuelto de la calle de sus gestiones matutinas y me comnentó que vió a un gato siames acurrucado en la calle y no se movía, como si se hubiese perdido.
Fui a buscarlo y me lo encontré en la misma calle de la tienda, entre la zapateria y el locutorio. Era una gata siamesa casi vieja y de pequeño tamaño. Temblaba y maullaba al verme. Todos los transeuntes miraban y algunos preguntaban a la zapatera o al panadero si sabían algo sobre ella. Mi padre me permitió recogerla, así que avisé a la zapatera de que la tenía yo, por si venía su dueña.
Ya en la tienda la puse en una silla pero al poco rato se bajó y buscó un lugar cálido. Se metía en la estantería de las zapatillas de peluche (muy cómodas y calentitas) o en la de bufandas y se intentaba acomodar , pero yo la sacaba. Finalmente la metimos en una caja del pedido con cajitas y espuma, donde se quedó tranquila y reconfortada, y no se movió el resto de la mañana.
Era muy fácil de coger y de transportar, no era agresiva, pero se asustaba un poco al subir en brazos y se agarraba fuertemente a lo que fuera. Una uña se le escapó y me arañó levemente la mejilla. En casa las cosas empeoraron, no soportaba a Pitiki, nuestro gato casero, no paraba de bufarle, y eso que él sólo quería acercarse para examinarla y conocerla. Lo curioso es que yo pensaba que sería él quien se portaría mal con ellaya que trata a patadas a todos los gatos del chalet. La gata bufaba y Pitiki lloraba de pena (y alo mejor de miedo). CUANTO RUIDO AL MEDIODÍA. Ella se acomodaba en el cajón de arena de Pitiki y comía su comida. Cuando estaba enfadada daba miedo cogerla porque gruñía y mostraba sus afilados dientes.
De vuelta a la tienda la volvimos a poner en la misma caja, o en otra. Dormía bastante, pero también le daba por salir de paseo por los pasillos sin avisar y había que buscarla. Paseaba mucho, y entre que era pequeña y no maullaba costaba encontrarla. Mi padre me ordenaba que la llevase al parque por si tenía cosas que hacer, pero de las veces que la llevé no hizo nada, yo al menos fui preguntando si habían perdido a un gato. Hable con un padre con niño, con pareja de punkies y copn una pareja de recién llegados con maletas que me xplicaron varias cosas (que la cola sin desarrollar era normal en la especie, que se podía llevar al veterinario para ver si tenía chip).También estuvo en el despacho, escondida detrás de una caja. Llegó el cierre del local, horario nocturno, y nadie había hecho caso a los carteles colgados, así que como en casa mía ni en la de Lorena podía estar, lo llevamos a un piso de confianza y le dejamos arena y comida (recién comprado para la ocasión). Nada más ver la arena fue a defecar y luego a comer, tenía ganas pero no fue cagando por ahi ni quejandose.
A la mñana siguiente vino la dueña (o más bien la madre de la dueña) a buscarla, y mientras y fui a recogerla habló con el resto de la familia (también estaba presente el jefe de Artesanía Mágica). de las vivencias de la gata Lucy (estuvo en Fuerteventura, fue la primer< vez que se escapó del hogar, por la terraza). Era increible lo bien que se portaba la gata, no se escapaba ni maullaba, permanecía quieta dentro de su caja de cartón.
Y todos fuimos felices.
Curiosidad: encontré a esta gata un miércoles de diciembre, igual que con Pitiki hace ya un año. Además casi en la misma calle. Casualidad.